La vida de Juan de Mesa

El 26 de junio de 1583 hay anotada en el Libro de Bautismos de la parroquia de San Pedro de Córdoba la siguiente partida: “... fue baptizado Juan, hijo de Juan de Mesa y de Catalina de Velasco su mujer, fueron padrinos Diego de Guzmán y María Gutiérrez Guzmán”. Así comienza la historia de uno de los escultores más destacados del Barroco andaluz y, sin duda, el de más quilates dramáticos en la representación de imágenes relacionadas con la Pasión de Cristo.

Las noticias de su vida son escuetas, como las de quien no quiere hacerse notar. Probablemente Mesa es una persona que se siente a gusto en el ejercicio de su trabajo, rodeado de ayudantes y discípulos en número no demasiado grande y de un grupo de amigos, tampoco demasiado extenso, entre los que se encuentran sin duda clérigos de distintas órdenes y especialmente de la Compañía de Jesús.

El análisis de la firma que hizo en 1983 Nati Reichardt por encargo de Eloy Domínguez-Rodiño nos puede dar una idea de su personalidad: “Su firma parece indicar un carácter muy apasionado e idealista a la vez. Sentido lógico, actividad creadora y respeto por la historia y la tradición. Gran conciencia de su propio valer y un cierto orgullo lógico por ello. Introversión no muy acentuada. Amor al pasado y a la vez originalidad de conceptos. Capacidad de protección y de ayuda a otros. Cierta sensación de sufrimiento, no sé si pasajero o permanente. La gran jota de ‘Juan' sugiere la legítima satisfacción de lo conseguido a nivel personal por su propia obra, en contraposición con la escasa importancia que le da a la eme de ‘Mesa', o sea a su procedencia y entorno familiar” [1].

La siguiente noticia sobre el escultor es de 1607. Tiene 23 años y firma en Sevilla contrato de aprendizaje con el maestro Juan Martínez Montañés. Se trata de una formalización de derecho, puesto que de hecho estaba ya trabajando en el taller desde junio de 1606. Declara que es huérfano y por eso necesita un curador, papel que ejercerá el ensamblador Luis de Figueroa. El plazo establecido acaba en 1610, recibiendo Mesa, como es lo acostumbrado, ropa nueva, compuesta en este caso, según recoge Hernández Díaz, de “sayo, ferreruelo, calzas de paño de Córdoba, jubón de lienzo, dos camisas, un sombrero, dos cuellos, unas medias, zapatos y un cinto” [2].

En el contrato se especifica que debe el maestro terminar de enseñarle el oficio, lo que a todas luces indica que ya sabía algo de él, aunque sólo fuera por la avanzada edad de aprendizaje. Ello ha llevado a ciertos autores a situar su primera enseñanza en Córdoba, confundiéndolo con otros artistas del mismo nombre, pero de estética muy diferente, como los Juanes de Mesa que trabajan en Montilla. Aunque cabe imaginar que su formación se iniciaría en Córdoba, tampoco debe confundirse con el niño de once años de igual nombre que en 1603 es colocado de aprendiz por su abuelo Pedro de Mesa en el taller cordobés del escultor Francisco de Uceda.

Lo que haya hecho Juan de Mesa antes de 1606 es un enigma. Nada hay documentado, ni se conocen viajes que pudieran contribuir a su formación. Sin embargo, existen rasgos en su obra que nos animan a pensar en una temprana relación con Granada, especialmente con el taller de los Hermanos García. El sentido de las cabezas de sus Cristos no es lejano al que aquellos impusieron en la Ciudad del Darro. Montañés hizo en su día también ese peregrinaje desde su Alcalá natal a Granada y luego a Sevilla. Por otra parte, hay granadinos –el más notable, Alonso de Mena- que van a aprender a Sevilla. Las cabezas talladas por Mena en sus Cristos tienen un indudable parentesco con las que hace Mesa, lo que permite sospechar unas fuentes comunes [3].

Alonso de Mena está en Sevilla en 1604, como aprendiz en el taller de Andrés de Ocampo. Este autor, jienense como Montañés, había trabajado en el Palacio de Carlos V en Granada y en el retablo de Santa Marta en Córdoba. Ese taller pudo haber sido un buen punto de entrada en Sevilla para Juan de Mesa. Andrés de Ocampo envió en 1604 a su sobrino Francisco a trabajar con Martínez Montañés y un año después entrará Mesa en el mismo taller. Nada de extraño tendría que el triángulo Jaén-Córdoba-Granada fuera el marco que situó a Juan de Mesa en el taller sevillano de Martínez Montañés.

Una vez concluido su aprendizaje con éste, a partir de 1610, ya aparece Mesa trabajando de modo independiente, con obras como la Inmaculada carmelitana de Las Teresas de Sevilla, de ese mismo año, o la Virgen de la Misericordia del Hospital de Antezana de Alcalá de Henares, de 1611 [4]. Dos años más tarde, en noviembre de 1613, se casará con María de Flores en Omnium Sanctorum y en 1615 se dice vecino de esta misma collación. En 1616 se traslada a la collación de San Martín, donde tendrá casa y taller hasta su muerte. Estas casas se las arrendó al escultor y arquitecto Diego López Bueno, al que tenía que pagar ocho ducados al mes [5]. Estuvieron frente a la portería del Hospital del Amor de Dios, cerca de la Alameda de Hércules.

Entre los artistas más relacionados con este taller hay que recordar al ensamblador Antonio de Santa Cruz, que se había desposado en aquella misma casa con Ana de Flores, la hermana de María, la mujer de Juan de Mesa. Éste precisamente fue el que aportó parte de la dote para la novia, que sin duda vivía con su hermana. Consistió en dos tallas de la Magdalena y la Virgen con el Niño, no identificadas. De sus cinco discípulos documentados, el más conocido es Felipe de Ribas, también cordobés, que entró en el taller como aprendiz en 1621 [6]. Son los otros Juan Vélez, Lázaro Cano, Juan de Vargas y Francisco de la Puerta, de los que se tiene escasa noticia. Sabemos también los nombres de dos oficiales del taller, Miguel de Descurra y Manuel de Morales.

Pocos datos aporta la documentación conocida para explicar los detalles de su vida. La discreción es su nota característica, como corresponde al quehacer de un artesano. Mesa está lejos de las ambiciones de su maestro Martínez Montañés y de las inquietudes por obtener el grado de nobleza en su actividad, que preocuparon a algunos artistas del gremio. Debió acomodarse a la situación que le tocó vivir, que es la de artesano de la madera, pero tenía una sensibilidad especial que le permitió intuir lo que los nuevos tiempos iban a requerir de la imaginería sagrada.

Su obra se centra precisamente en la talla de imágenes, más que en la composición de retablos, que era sin duda el negocio más saneado para los de su gremio. En este sentido podemos decir que está más interesado por el resultado íntimo y espiritual de la imagen que por la fastuosidad de la teatralidad barroca. Sin embargo, el trozo de alma que pone en sus imágenes hace que atraigan tan poderosamente que su mensaje no caduca en la intimidad del oratorio, sino que se crece en el altar de multitudes que constituye la procesión. Ahora bien, no podrá discutirse que ese mensaje llega mucho más completo en el silencio roto por el paso racheado que en la exultante brillantez de la trompetería. La imagen de Mesa está concebida para la meditación. Sus valores se enaltecen en la contemplación de sus detalles, que reflejan el sufrimiento de una anatomía humana perfectamente analizada y, por ello, imperfecta. Son esas las imperfecciones que nos hacen entender mejor la representación, que nos traen más cerca la realidad de ese Hombre, injustamente martirizado por nuestras culpas, necesariamente martirizado para nuestra redención.

El mensaje de la obra de Mesa se desvanece en la medida que crece el estruendo a su alrededor. Se produce entonces algo así como la crisis del sacro espectáculo. Es la multitud que grita “¡Crucifícalo!”, que lo vitorea como un rey caído, sabiendo que en su muerte está nuestra victoria: “¡Caiga su sangre sobre nosotros y sobre nuestros hijos!”. Pero entre la multitud hay gente que sufre con el espectáculo, gente que calla y no aplaude las chicotás, pensando unos en la profundidad del misterio, otros en el recuerdo de un autor también sufriente.

Es probable que ese apego a lo íntimo sea fruto de la idiosincrasia cordobesa y quizá de su formación en Granada, si la hipótesis de su estancia en la bella ciudad fuera cierta. De cualquier modo no imaginamos a Juan de Mesa como un hombre del todo feliz. La potencia de su gubia, el expresionismo que su temperamento demanda de la mano que talla revelan un espíritu desasosegado. Antonio Muro Orejón, uno de los investigadores que contribuyeron a dar a conocer su figura y obras, estimaba que había padecido una enfermedad cíclica, probablemente la tuberculosis. Nosotros imaginamos la angustia de la pareja, Juan y María, que no había podido conseguir hijos, rezando ante la reliquia de la Santa Espina, que hoy venera la Hermandad de Nuestra Señora del Valle en la iglesia de la Anunciación y que entonces estaba en su parroquia de San Martín. Esa reliquia tenía probada efectividad en relación con la obtención de descendencia, pero a Juan y María no les fue concedido ese favor.

Juan es hombre discreto, serio y cumplidor de sus compromisos. Lo vemos fiando a los amigos en los contratos y préstamos. Lo vemos también ayudando a sus cuñadas con ocasión de sus bodas. Debió ser cariñoso, en ocasiones bondadoso, pero orgulloso de su propia habilidad. Puede afirmarse que sabía moverse en los ambientes que más interesaban a su actividad, como demuestran las frecuentes relaciones con otros artistas.

La muerte le llega a Mesa con la misma discreción que había distinguido su vida. Testó un 25 de noviembre, estampando su última y temblorosa rúbrica, falleció el 26, que era viernes, y al día siguiente se le enterró en su parroquia de San Martín. El que estaba llamado a ser el más afamado de los discípulos del maestro, Felipe de Ribas, había tenido que volver a Córdoba poco antes, de modo que María, su viuda, traspasó el taller a otros dos escultores del círculo de Mesa, Gaspar Ginés y Luis Ortiz de Vargas. El instrumental del taller lo había dejado Juan en el testamento a su cuñado, el maestro ensamblador Antonio de Santa Cruz.

De este modo pasó la figura de Juan de Mesa, en silencio, como tantos cientos de artesanos que trabajaron en la Sevilla arrogante del siglo XVII. Martínez Montañés tomó buena nota de las novedades que había introducido su antiguo discípulo y oficial, modificó su estilo y fagocitó para la historia el grueso de la producción imaginera de Juan de Mesa. Hay que esperar a 1882 para encontrar de nuevo el nombre de Juan de Mesa como autor del Crucificado de la Misericordia, en las Glorias de Bermejo [7]. Más tarde aparecerá en los trabajos de José Gestoso y especialmente de Adolfo Rodríguez Jurado. En 1927, tres siglos después de su muerte, el jesuita Padre Gálvez publica el documento hallado en la imagen de San Francisco Javier del colegio de San Luis, en El Puerto de Santa María, donde Juan de Mesa se declara cordobés y discípulo de Martínez Montañés [8]. Ya entonces los investigadores del Laboratorio de Arte de la Universidad de Sevilla estaban realizando un ingente trabajo de lectura documental en el Archivo de Protocolos Notariales, destacando las aportaciones de Miguel del Bago, Heliodoro Sancho y especialmente Antonio Muro Orejón [9]. Uno de aquellos jóvenes investigadores, José Hernández Díaz, estaba llamado a ser el mejor conocedor y difusor de la vida y obra de Juan de Mesa y Velasco.

 

 Autor del artículo: D. Alberto Villar Movellán (Catedrático de Historia del Arte)

 

 [1] DOMÍNGUEZ-RODIÑO Y DOMÍNGUEZ-ADAME, Eloy, “Aspecto humano de Juan de Mesa”, ponencia presentada a las Jornadas de Estudio sobre Juan de Mesa (1583-1627) y la escultura andaluza de su tiempo, Sevilla, 13 a 16 de diciembre de 1983.

[2] HERNÁNDEZ DÍAZ, José, Juan de Mesa. Escultor de imaginería (1583-1627), Colección Arte Hispalense, 1, Diputación de Sevilla, 2ª ed., Sevilla, 1983, p. 22.

[3] VILLAR MOVELLÁN, Alberto, “Juan de Mesa y Alonso de Mena: enigmas e influencias”, Apotheca, 3, Departamento de Historia del Arte, Universidad de Córdoba, Córdoba, 1983.

[4] CANO NAVAS, María Luisa, El convento de San José del Carmen de Sevilla, Publicaciones de la Universidad de Sevilla, Sevilla, 1984, p. 81. LUNA MORENO, Luis, “Una obra de Juan de Mesa: La Virgen de la Misericordia del Hospital de Antezana, de Alcalá de Henares”, Apotheca, 3, pp. 57-67.

[5] MURO OREJÓN, Antonio, Artífices sevillanos de los siglos XVI y XVII, Documentos para la Historia del Arte en Andalucía, IV, Sevilla, 1932, p.78.

[6] DABRIO GONZÁLEZ, María Teresa, Los Ribas. Un taller andaluz de escultura del siglo XVII, Monte de Piedad y Caja de Ahorros de Córdoba, Córdoba, 1985.

[7] BERMEJO Y CARBALLO, José, Glorias religiosas de Sevilla ó Noticia histórico-descriptiva de todas las Cofradías de penitencia, sangre y luz fundadas en esta Ciudad, Imprenta y Librería del Salvador, Sevilla, 1882. Reed. facsímil, Diputación de Actos Formativos de la Hermandad de Jesús Despojado, Sevilla, 1977, p. 54.

[8] GÁLVEZ, Carlos, “Dos esculturas de Juan de Mesa en el Colegio de San Luis Gonzaga del Puerto de Santa María”. AA.VV., Documentos para la Historia del Arte en Andalucía, I, Laboratorio de Arte de la Universidad de Sevilla, Sevilla, 1927, pp. 75-76.

[9] MURO OREJÓN, A., Artífices… Op. cit.